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A Coruña acogerá el sábado 17 de enero el estreno en Galicia de una de las óperas más interesantes del primer
Verdi, “Attila”.

La Temporada Lírica acoge en su Ciclo de Invierno este título infrecuente con un reparto estelar que incluye al
imponente bajo Luiz Ottavio Faria; la soprano predilecta de Lorin Maazel en sus últimos años, Ekaterina Metlova;
el que para algunos ya es el mejor barítono verdiano de nuestros días, Juan Jesús Rodríguez, y uno de los
tenores con mayor futuro entre la nueva generación de cantantes italianos, Piero Pretti. La Sinfónica de Galicia y
el Coro Gaos estarán bajo las órdenes de una gran conocedora de este repertorio, Keri Lynn Wilson, que inició
su carera como asistente de Claudio Abbado y hoy dirige en los principales teatros internacionales. A
continuación incluimos un extracto de las notas que el crítico Arturo Reverter ha escrito para el programa de
esta ópera:

“No hay duda de que el Consorcio para la Promoción de la Música y la Asociación de Amigos de la Ópera de A
Coruña se apuntan un buen tanto con la programación de Attila de Verdi, aunque sea en versión de concierto. Es
un título no muy frecuente en nuestras temporadas y en cierto modo maldito…
Eso, hay que señalarlo, una composición llena de fuerza en muchos de sus pasajes, una de las obras tempranas,
más fieras y vigorosas del Verdi de los años de galera, de todavía ruda pero efectiva orquestación, provista de
la energía, el impulso, el fervor del joven Verdi, que arrasaba en esas épocas difíciles en las que luchaba por
hacerse un nombre y por adquirir, con el trabajo, el dominio del métier. Años por tanto de ardua labor y de
aprendizaje.

Este “Drama lírico en un prólogo y tres actos” se estrenó en La Fenice de Venecia el 17 de marzo de 1846. La
primera representación, con el tenor y el barítono indispuestos y con una orquesta de escasa calidad en el foso,
fue un pequeño fiasco. La cosa se arregló un poco al día siguiente. A la tercera función, el éxito sobrevino casi
de manera inesperada. A partir de ahí, la obra inició una imparable carrera que se extendió a lo largo del XIX.
Como en óperas precedentes, Verdi empezó trabajando sobre un tema base y realizando bocetos de continuo,
incluso antes de que la ópera precedente hubiera salido de su taller. En este caso, ya se había elegido el asunto
de Attila, a demanda de La Fenice, con meses de antelación al estreno en La Scala de Giovanna d’Arco (1845) y,
por tanto, de Alzira, obra inmediatamente anterior a Attila.

La partitura la había comprometido el compositor con un nuevo editor, Francesco Lucca (Ricordi había sido hasta
entonces, y lo sería en el futuro, el preferido), incluso sin saber cuál iba a ser el sujeto de la composición. El
músico preparó el esquema con Piave, que comenzó a escribir el libreto con la recomendación de “estudiar
mucho este argumento y tener bien en mente todo, la época, los caracteres, etc. etc.” El sujeto, curiosamente,
atraía mucho al compositor. Lo tenía in mente desde 1844 y provenía del drama Attilla König der Hunen (1808) del
alemán Zacharias Werner, que, según exagerada valoración de Madame de Staël, era “el sucesor de Goethe y de
Schiller”, y se inscribía en el resurgir del folklore pagano. La ópera alteró bastante el drama y le hizo perder su
tufo antirromano. Lo que no sabemos es la razón de que Verdi se sintiera tan atraído por ese sujeto
seudohistórico.

En julio de 1845 el autor dice a Ferretti que Piave no está por la labor y encarga el trabajo a Solera, al que
contagia el entusiasmo por el proyecto: “¡Es un asunto estupendo, estoy contento!”. El caso vuelve a
experimentar otro giro, pues Solera se ausenta (viaja a Barcelona para encontrarse con la que habría de ser su
esposa y se desentiende), por lo que, de nuevo, hay que recurrir a Piave, menos pomposo y más fiel siempre a
las intenciones verdianas, que es quien, finalmente, concluye el texto. La partitura avanza lentamente, porque el
estado de salud del autor tampoco es muy allá y se queja de reúma, por lo que se producen continuos cambios y
añadidos. El resultado es bastante irregular. No encontramos en la obra la unidad alcanzada en Nabucco o
Ernani, aunque el compositor consiguió una escritura realmente vigorosa en algunos puntos, todavía ruda pero
de efectiva orquestación. Y creó un sólido personaje de tirano, destinado a un bajo cantante…”